La pregunta más veces formulada a los biólogos (los cuales la consideran odiosa porque siempre quedan mal) es: ¿por qué se extinguieron los dinosaurios? Quizá la siguiente pregunta en el escalafón de las que provocan mayor frustración es: ¿por qué las polillas y otros insectos nocturnos son atraídos por la luz?
En efecto, el cuerpo de conocimientos sobre este tema es escuálido. ¿Por qué una pregunta tan inocente, formulada de hecho por millones de niños tras la observación de las farolas de las calles, es tan endiabladamente difícil de responder? Lo bueno del asunto es que la ciencia vive de las preguntas, más que de las respuestas. Este artículo es, ante todo, una invitación a quebrarse la cabeza.
Se tienen sólo algunos datos dispersos sobre la cuestión pero faltan las pautas que pudieran darles sentido. El fenómeno de atracción por la luz aparece en bastantes insectos nocturnos (no sólo polillas), pero no puede establecerse una relación entre determinados grupos y la presencia de esta conducta. Ha aparecido y desaparecido muchas veces en el curso de la evolución.
Las polillas usan estímulos químicos en el reconocimiento de las plantas adecuadas para obtener néctar o para depositar los huevos. La atracción sexual está mediada, al igual que en otros muchos grupos, por sustancias volátiles, las feromonas. Por tanto, no es un estímulo de tipo sexual el que lleva a las polillas a la luz (aunque algunos estudios parecen concluir que, al menos en algunos grupos, las polillas macho serían preferentemente atraídas por la luz).
Las polillas detectan la luz ultravioleta y prefieren las luces blancas y azuladas. Las luces amarillas no tienen poder de atracción sobre ellas. Lo natural sería que un animal nocturno sintiera repulsión hacia la luz (como ocurre por ejemplo con las cucarachas). Las únicas luces que estos animales perciben en su entorno natural son las del cielo, y no ascienden usualmente en su busca. Otro enigma es por qué las polillas permanecen junto a la luz, una vez que han llegado.
Dificultades de las teorías
Hay una teoría ampliamente aceptada y divulgada por muchos científicos como una explicación para este enigma, aunque tras un examen riguroso se revela como superficial y falta de base. Se postula que las polillas migradoras se orientarían gracias a la luz de la luna, y se moverían de forma que siempre la dejaran a un mismo lado.
Como la luna está muy lejos, es un buen punto de referencia para marcar el rumbo, pero una luz cercana cambiaría pronto su posición respecto a un animal volador. Éste trataría de dejarla al mismo lado y el resultado sería un movimiento circular en torno a la luz. Como el ajuste de este movimiento no sería perfecto, el animal tendería a describir espirales cada vez más estrechas hacia la luz.
Sin embargo, hay muy pocas polillas migradoras. La mayoría vagabundea al azar en espera de detectar las señales químicas que las guíen hacia sus fuentes de alimento o compañeros sexuales. Las polillas son solitarias, y por ello no necesitan un referente inequívoco (como la luz polarizada del sol en el caso de las abejas) para comunicar la posición exacta de una fuente de alimento. Además, muchas polillas se mueven directamente hacia la luz, sin describir espirales.
Otra teoría postula que, cuando los arbustos en que reposan las polillas son perturbados por algún animal terrestre, tienden a escapar hacia arriba, y esta dirección está marcada usualmente por la mayor luminosidad del cielo. Pero cuesta creer que todas las polillas que acuden a una luz han sido perturbadas por algo.
Muchas provienen de muy lejos y además, este método de huida sería peligroso en el caso de perturbaciones causadas por depredadores voladores. El experimento que refutaría esta teoría sería criar polillas en una parcela cerrada que no contenga ninguna causa de perturbación y ver si las polillas van hacia la luz.
La respuesta dada al hecho de que las polillas permanezcan junto a la luz es que, para ellas, una luz intensa es la señal del amanecer (y por tanto de su sueño diurno). Pero las polillas no suelen quedarse expuestas a los depredadores en cualquier lugar y prefieren pasar el día ocultas.
Nuevos datos
Recientes investigaciones están revelando algunas correlaciones interesantes, que podrían contener algunas claves de este problema. Antes de una tormenta, cuando la atmósfera está húmeda, aumenta espectacularmente el número de polillas que acuden a las luces. En tiempo seco y sereno, van muchas menos, y desde mucha menos distancia.
Se piensa que este fenómeno está relacionado con el hecho de que las partículas de agua de la atmósfera ayudan a transmitir las vibraciones sonoras. En ese caso, serían las vibraciones provocadas por los aparatos eléctricos de alumbrado, las de origen térmico, o los débiles sonidos de las llamas, los que excitarían algunos receptores especiales de las polillas y las atraerían hacia las luces. No se conoce qué significado pueden tener esos sonidos minúsculos en la vida de estos insectos.